Por Felipe Ventura Durante años, el sistema educativo dominicano se obsesionó con una idea: mientras más contenidos teóricos acumuláramos, mejor sería la educación. Más horas de clases, más asignaturas, más pruebas y más presión académica parecían ser el camino inevitable hacia el desarrollo. Y en medio de esa carrera por “modernizar” la escuela, fuimos dejando atrás algo esencial: enseñar para la vida. Hoy, mientras países europeos comienzan a redescubrir el valor pedagógico de cocinar, cultivar, coser, reparar objetos o trabajar con las manos, muchos dominicanos recuerdan con nostalgia una práctica que ya existía en nuestros centros educativos: la Hora Club. Y quizás nunca debimos perderla. El mundo está redescubriendo algo importante Un reciente artículo publicado por ElPaís analiza cómo distintos sistemas educativos están reincorporando las llamadas house skills o habilidades prácticas como parte central del aprendizaje. No se trata de “manualidades”. Se trata de desarrollar:...
Cada cierto tiempo, República Dominicana vuelve a intentar una gran transformación educativa. Nuevas mesas de diálogo, consultas nacionales, comisiones especiales y promesas de reformas integrales reaparecen como si el problema del sistema fuera simplemente falta de discusión. Pero después de décadas de reformas, diagnósticos y rediseños institucionales, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿Y si el verdadero error ha sido querer reformarlo todo al mismo tiempo? La falsa promesa de las reformas integrales En teoría, las reformas integrales suenan atractivas. Hablan de articulación, modernización, transformación sistémica y visión de futuro. El problema aparece cuando se intenta intervenir simultáneamente todos los niveles, actores y estructuras de un sistema educativo que ya arrastra profundas debilidades acumuladas. Porque la realidad es simple: El nivel preuniversitario enfrenta problemas de aprendizaje, gestión y calidad docente; El nivel superior lucha con pertinencia, invest...