En el debate público dominicano es cada vez más común escuchar propuestas educativas que, a primera vista, resultan atractivas, innovadoras e incluso esperanzadoras. Ideas que prometen resolver problemas estructurales con soluciones aparentemente simples: enseñar oficios desde edades tempranas, convertir estudiantes en emprendedores antes de graduarse o vincular automáticamente la educación con el empleo. El problema no es la intención. El problema es cuando esas ideas se construyen más desde la intuición que desde la realidad. Porque en educación —como en cualquier política pública seria— las buenas intenciones no son suficientes. El atractivo de las soluciones simples Recientemente, se ha planteado la idea de que el sistema educativo debería enseñar oficios desde etapas tempranas, preparar a los jóvenes para emprender antes de terminar la escuela y garantizar que ningún estudiante que abandone el sistema se convierta en una carga para el Estado. En el papel, suena bien. ¿Quién pod...
El ministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Rafael Santos Badía, ha vuelto a insistir en la necesidad de una transformación profunda del sistema educativo dominicano. Ante las crisis globales y los avances de la cuarta revolución industrial, afirma que es imperativo actualizar la oferta académica, reentrenar a las personas, diseñar nuevos oficios y preparar técnicos para reparar naves espaciales, drones o producir alimentos en ambientes artificiales. La intención de mirar hacia el futuro es legítima. Nadie en su sano juicio se opone a mejorar la educación. Sin embargo, el cambio real no se construye solo con palabras esperanzadoras. Requiere un plan detallado, una estrategia coherente y, sobre todo, un liderazgo con experiencia probada en transformaciones exitosas. En los últimos años hemos escuchado con frecuencia este tipo de discurso futurista. Durante su gestión en el INFOTEP , se promovió una transformación acelerada bajo la premisa de que la Revolución 4.0 ...