El ministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, Rafael Santos Badía, ha vuelto a insistir en la necesidad de una transformación profunda del sistema educativo dominicano. Ante las crisis globales y los avances de la cuarta revolución industrial, afirma que es imperativo actualizar la oferta académica, reentrenar a las personas, diseñar nuevos oficios y preparar técnicos para reparar naves espaciales, drones o producir alimentos en ambientes artificiales.
La intención de mirar hacia el futuro es legítima. Nadie en su sano juicio se opone a mejorar la educación. Sin embargo, el cambio real no se construye solo con palabras esperanzadoras. Requiere un plan detallado, una estrategia coherente y, sobre todo, un liderazgo con experiencia probada en transformaciones exitosas.
En los últimos años hemos escuchado con frecuencia este tipo de discurso futurista. Durante su gestión en el INFOTEP, se promovió una transformación acelerada bajo la premisa de que la Revolución 4.0 estaba a las puertas. Se invirtieron recursos significativos en cambiar programas, metodologías y enfoques formativos. Sin embargo, varios años después, la mayoría de las empresas dominicanas siguen operando con los mismos niveles tecnológicos de antes. El cambio anunciado no se materializó de forma masiva en el tejido productivo del país.
Un ejemplo claro de esta desconexión es el programa de capacitación para la diáspora. Se anunció con gran expectativa la formación de miles de dominicanos en el exterior, con el propósito de mejorar su empleabilidad. No obstante, las respuestas oficiales a solicitudes de acceso a la información revelan que no se realizaron estudios de mercado específicos por comunidad, no existen evaluaciones de impacto sobre la empleabilidad real de los participantes, y en muchos casos el presupuesto destinado a materiales fue de RD$0.00. La oferta terminó siendo predominantemente virtual, con limitada adaptación a las necesidades concretas de cada país de destino.
Estos casos ilustran un patrón preocupante: se adelanta la formación hacia un futuro que aún no existe en nuestra realidad productiva, mientras se descuidan las necesidades presentes. Se minimiza la profundidad del conocimiento y se priorizan certificaciones cortas y carreras breves, cuando el rol de la educación superior debería ser precisamente el contrario: maximizar el dominio del conocimiento y formar profesionales con una base sólida.
Si realmente se busca una transformación profunda del sistema educativo superior, el ministro tiene ante sí tareas mucho más apremiantes y estratégicas. Una de ellas debería ser trabajar con determinación para que, en los próximos cinco años, al menos algunas de nuestras instituciones de educación superior logren ingresar al ranking mundial de las 1000 mejores universidades.
Esa meta, aunque exigente, traería beneficios concretos y medibles: elevaría significativamente la calidad de las ofertas académicas, impulsaría la investigación científica, aumentaría el reconocimiento internacional de nuestros títulos y abriría mejores oportunidades laborales para los egresados, precisamente aquellos puestos de alto nivel que menciona en su discurso.
En lugar de concentrarse en visiones futuristas que aún no tienen anclaje en nuestra realidad productiva, enfocar los esfuerzos en este tipo de metas concretas sería un paso mucho más efectivo hacia una verdadera transformación.
Una verdadera transformación educativa no puede basarse en supuestos futuristas ni en discursos genéricos. Debe partir de un diagnóstico riguroso de nuestra realidad actual, respetar el tiempo necesario para formar con profundidad y reconocer que los cambios significativos en el sector productivo surgen primero en las empresas, no en las aulas.
El país necesita una educación que forme ciudadanos con dominio profundo de su área, capacidad crítica y preparación real para contribuir al desarrollo nacional. No se trata de rechazar el avance tecnológico, sino de gestionarlo con seriedad y sentido de realidad.
El cambio verdadero no se anuncia. Se construye con rigor, coherencia y respeto al tiempo que requiere una formación de calidad.
¿Debe la educación superior dominicana perseguir utopías tecnológicas o concentrarse en elevar su calidad hasta los estándares mundiales? El país necesita rigor, no solo esperanza. Te leo en los comentarios.

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