La formación docente debe ser tan rigurosa como la de un médico

Un mal médico puede costarle la vida a un paciente en cuestión de horas.

Un mal docente puede costarle la vida (en sentido profundo) a una persona durante décadas, y ese daño suele extenderse a toda la sociedad.

Esta comparación no es exagerada. Es una realidad que pocas veces se dice con la claridad que merece.

En medicina, nadie permite que un estudiante recién graduado opere, diagnostique o trate pacientes sin una formación larga y supervisada. Primero cursa una carrera general de medicina, luego pasa por años de residencia (primer año, segundo año, hasta cuarto o más), trabajando bajo la supervisión directa de médicos experimentados. Solo después de ese proceso se le considera preparado para asumir responsabilidad plena.

En la carrera de Educación ocurre exactamente lo contrario.

Desde el primer semestre, el estudiante debe elegir su mención: inicial, básica, media, por asignatura… No existe una formación general sólida en educación antes de especializarse. Al terminar la licenciatura, el joven docente entra directamente al aula, muchas veces con apenas una pasantía corta y superficial. Llega cargado de teorías, pero con muy poco conocimiento real de lo que significa estar frente a un grupo de niños o adolescentes día tras día.

El problema se agrava aún más en la educación superior. Muchos terminan la licenciatura, rápidamente hacen una maestría y, en algunos casos, continúan directo al doctorado. Luego entran a dar clases universitarias sin haber tenido experiencia significativa en aulas reales de educación básica o media. Su única “experiencia” es haber sido estudiantes durante muchos años. El resultado es previsible: docentes universitarios que dominan la teoría, pero que muchas veces desconocen la realidad concreta del aprendizaje.

Este modelo deficiente tiene responsables claros: el Mescyt, que regula la formación superior, y las propias universidades, que han diseñado currículos que priorizan la especialización temprana y la acumulación rápida de títulos por encima de una formación rigurosa y progresiva.

Si queremos que la docencia sea una profesión respetada y verdaderamente transformadora, debemos tratar su formación con el mismo rigor que la medicina.

Un modelo más sensato debería incluir:

  • Una carrera general de Educación sólida, que dé una base amplia sobre cómo aprende el ser humano, psicología del desarrollo, didáctica general y gestión de aula, antes de cualquier especialización.

  • Un proceso de residencias pedagógicas supervisadas, de al menos dos o tres años, donde el futuro docente trabaje bajo la tutela de maestros experimentados y altamente capacitados, enfrentando la realidad del aula de forma progresiva y con acompañamiento constante.

  • Una formación continua obligatoria y de calidad, especialmente para quienes aspiran a enseñar en educación superior.

Solo así evitaremos que el daño causado por una mala formación docente se extienda durante toda la vida de las personas y de la sociedad. Un mal médico puede matar un cuerpo. Un mal docente puede limitar o destruir potenciales durante generaciones.

La educación no es menos importante que la medicina. Por el contrario, su impacto es más profundo y duradero. Por eso merece el mismo nivel de exigencia y cuidado en su proceso de formación.

Es hora de dejar de improvisar con la preparación de quienes tienen en sus manos el futuro del país.


Un mal docente puede limitar el potencial de generaciones enteras. ¿Crees que estamos siendo lo suficientemente exigentes con quienes forman el futuro del país? Te leo en los comentarios.

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