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Moral y Cívica: no se aprenden con libros, se aprenden con el ejemplo


El reciente debate sobre los libros de moral y cívica nos obliga a hacer una reflexión más profunda. Más allá de si hubo o no irregularidades en el proceso, el problema de fondo es cómo estamos abordando estos temas en la educación dominicana.

Estamos tratando la moral y la cívica como si fueran asignaturas técnicas: matemáticas, física o química. Creemos que basta con colocar conceptos en un libro, explicarlos en clase, hacer que los estudiantes los repitan y, tal vez, realizar algunos juegos de roles para que queden “fijados”. Este enfoque es comprensible cuando se trata de conocimientos declarativos, pero resulta profundamente equivocado cuando hablamos de formación moral y ciudadana.


La moral y la cívica no se memorizan. No se aprenden principalmente mediante repetición ni mediante ejercicios aislados. Se aprenden, sobre todo, por modelamiento. Los valores se internalizan cuando los estudiantes los ven encarnados de forma consistente en las personas que los rodean.


Esto convierte a la moral y la cívica en un eje transversal real, no en una simple asignatura. Debe permear todo el proceso educativo y trascender las paredes del aula: debe estar presente en el hogar, en la calle, en las instituciones públicas y en la vida cotidiana.


En la práctica dominicana vemos con frecuencia la incoherencia que genera este enfoque equivocado. Enseñamos respeto a la norma mientras muchos adultos la incumplen diariamente. Hablamos de honestidad mientras la corrupción sigue siendo parte visible de nuestra realidad. Promovemos el civismo y la responsabilidad, pero los estudiantes observan comportamientos contrarios en la calle, en el transporte público, en algunas instituciones y, lamentablemente, a veces también en el propio sistema educativo.


Si los estudiantes no ven coherencia entre lo que se les dice y lo que observan en sus maestros, directores, autoridades educativas, padres, vecinos y funcionarios públicos, todo el esfuerzo se convierte en una pérdida de tiempo y recursos. Los libros quedan como letra muerta.

Entonces, ¿cómo deberíamos abordar realmente la formación en moral y cívica?


Primero, reconociendo que el ejemplo es el principal método de enseñanza. Los maestros y directores deben ser los primeros modelos: su conducta diaria, su forma de tratar a los estudiantes, su cumplimiento de las normas y su integridad son mucho más poderosos que cualquier texto.


Segundo, involucrando activamente a las familias. La escuela no puede formar en valores si el hogar transmite mensajes contrarios. Se necesita una alianza real entre escuela y familia.


Tercero, haciendo que las instituciones del Estado sean coherentes. No podemos exigir civismo a los jóvenes mientras algunas instituciones públicas dan un mal ejemplo de incumplimiento de normas, lentitud o falta de transparencia.


Cuarto, convirtiendo la moral y la cívica en un eje transversal verdadero: que esté presente en todas las asignaturas, en la disciplina escolar, en las actividades extracurriculares y en la vida diaria del centro educativo.


La formación moral no es un contenido más del currículo. Es una forma de ser que se construye día a día a través del ejemplo coherente de los adultos que rodean al niño y al joven.


Si realmente queremos una sociedad más ética y cívica, debemos dejar de confiar tanto en los libros y empezar a confiar más en el poder del ejemplo. Porque los valores no se memorizan. Los valores se contagian.


¿Qué opinas tú? ¿Crees que estamos poniendo demasiado énfasis en los contenidos y muy poco en el modelamiento diario? ¿Cómo podemos lograr que maestros, padres y autoridades educativas se conviertan en mejores modelos para nuestros niños y jóvenes?


Te leo en los comentarios.

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