Capítulo 2. ¿Qué es realmente la investigación-acción? Mucho más que una metodología de investigación
Capítulo 2 de la serie «Investigación-Acción: aprender, reflexionar y transformar la educación»
Por Felipe Ventura
¿Quién tiene derecho a producir conocimiento?
Cuando pensamos en investigación, casi siempre imaginamos universidades, centros especializados, laboratorios o grupos de investigadores.
Pocas veces pensamos en un docente frente a su aula.
Durante mucho tiempo aceptamos una idea que parecía incuestionable: investigar era una tarea reservada para los académicos, mientras que enseñar consistía en aplicar el conocimiento producido por otros.
Esa visión marcó profundamente la forma en que entendimos la profesión docente.
Los investigadores producían conocimiento.
Las escuelas lo utilizaban.
Las universidades pensaban.
Los docentes ejecutaban.
Pero ¿y si esa división nunca hubiera sido tan clara como imaginábamos?
Precisamente esa es la pregunta que comienza a responder la Investigación-Acción.
Y quizá por eso continúa siendo una de las propuestas más transformadoras que ha conocido la educación en el último siglo.
Mucho más que una metodología
Después de conocer el contexto histórico en el que surgió la Investigación-Acción, resulta natural preguntarse qué es exactamente.
La mayoría de los libros la definen como una metodología orientada a comprender y transformar la realidad.
La definición es correcta.
Pero resulta insuficiente.
Reducir la Investigación-Acción a una metodología sería comparable a definir el método científico únicamente como una secuencia de pasos.
Se perdería de vista aquello que realmente le da sentido.
En realidad, la Investigación-Acción representa una manera diferente de entender cómo se produce el conocimiento.
No propone únicamente una nueva forma de investigar.
Propone una nueva manera de comprender el papel del profesional frente a los problemas que enfrenta diariamente.
Cuando investigar dejó de significar observar desde lejos
Durante muchos años predominó una idea bastante simple.
El investigador debía mantenerse distante de aquello que estudiaba.
Su misión consistía en observar, medir, describir y explicar la realidad procurando intervenir lo menos posible.
Este enfoque permitió importantes avances científicos, especialmente en disciplinas donde era posible controlar las variables y experimentar en condiciones relativamente estables.
Pero las ciencias sociales y la educación planteaban un desafío distinto.
¿Cómo comprender una escuela sin conocer su cultura?
¿Cómo analizar una comunidad educativa permaneciendo completamente al margen de ella?
¿Cómo entender los problemas de un aula sin escuchar a quienes los viven todos los días?
La Investigación-Acción respondió a estas preguntas proponiendo un cambio radical.
El investigador deja de ser un espectador distante.
Se convierte en un participante comprometido con la comprensión y la transformación de la realidad.
Investigar y actuar dejan de ser procesos independientes.
Pasan a formar parte de una misma experiencia.
El docente que ya investiga… aunque todavía no lo sepa
Imaginemos una situación muy cotidiana.
Un docente observa que, cada semana, disminuye la participación de sus estudiantes.
Tiene varias opciones.
Puede continuar enseñando exactamente igual.
Puede buscar en internet una estrategia y aplicarla sin mayor reflexión.
O puede detenerse a formular algunas preguntas.
¿Por qué está ocurriendo?
¿Qué ha cambiado?
¿Qué sucede si modifico la forma de organizar las actividades?
¿Qué opinan mis estudiantes?
¿Cómo puedo comprobar si las nuevas estrategias funcionan mejor?
En ese momento ocurre algo extraordinario.
Sin darse cuenta, ese docente comienza a pensar como un investigador.
Observa.
Formula preguntas.
Recoge información.
Introduce cambios.
Analiza resultados.
Aprende de la experiencia.
Eso es, precisamente, el corazón de la Investigación-Acción.
No convierte al docente en investigador.
Le ayuda a descubrir que siempre tuvo la posibilidad de serlo.
Aprender mientras se transforma la realidad
Quizá la mejor forma de entender esta metodología sea imaginarla como un ciclo permanente de aprendizaje.
Todo comienza cuando una persona o un grupo identifica una situación susceptible de mejora.
Puede tratarse de un maestro preocupado por la comprensión lectora de sus estudiantes.
De un equipo directivo interesado en fortalecer la convivencia escolar.
O de una comunidad que busca resolver un problema colectivo.
La diferencia con otros enfoques aparece a partir de ese momento.
La Investigación-Acción no propone aplicar soluciones improvisadas.
Primero busca comprender el problema.
Después planifica una intervención fundamentada.
La pone en práctica.
Observa cuidadosamente sus efectos.
Y finalmente reflexiona sobre los resultados obtenidos para iniciar un nuevo ciclo de mejora.
Lo verdaderamente importante no es únicamente resolver el problema inicial.
Lo más valioso es el conocimiento que surge durante todo el proceso.
Cada intervención genera nuevas preguntas.
Cada reflexión conduce a nuevas acciones.
Cada acción produce nuevas evidencias.
Por eso la Investigación-Acción nunca termina realmente.
Se convierte en una cultura profesional orientada a la mejora continua.
El verdadero cambio de paradigma
En mi opinión, la mayor aportación de la Investigación-Acción no reside en su ciclo metodológico.
Su verdadera revolución consiste en haber cambiado la respuesta a una pregunta fundamental:
¿Quién puede producir conocimiento?
Durante décadas aceptamos una lógica aparentemente natural.
Las universidades investigaban.
Las escuelas aplicaban.
Los investigadores producían conocimiento.
Los docentes lo utilizaban.
La Investigación-Acción cuestionó profundamente esa manera de pensar.
Demostró que quienes viven diariamente una realidad poseen un conocimiento privilegiado para comprenderla y transformarla.
En educación, esta idea modificó profundamente la profesión docente.
El maestro dejó de ser considerado únicamente como un ejecutor de programas diseñados por otros.
Comenzó a reconocerse como un profesional capaz de investigar su práctica, generar evidencias, construir conocimiento y compartirlo con la comunidad educativa.
En cierto sentido, la Investigación-Acción democratizó la producción del conocimiento.
El saber dejó de viajar exclusivamente desde la universidad hacia las escuelas.
También comenzó a construirse desde las propias aulas.
Una metodología profundamente humana
Existe otro aspecto que hace especialmente valiosa esta propuesta.
La Investigación-Acción no estudia únicamente problemas.
Trabaja con personas.
Quienes participan dejan de ser simples objetos de estudio.
Se convierten en protagonistas del proceso de cambio.
Docentes, estudiantes, directivos, familias y comunidades colaboran para comprender la realidad, interpretar los resultados y decidir conjuntamente las acciones más adecuadas.
Por eso numerosos autores la sitúan dentro del paradigma cualitativo y sociocrítico.
Su propósito no consiste únicamente en describir lo que ocurre.
Busca comprender el significado que las personas atribuyen a sus experiencias y, a partir de esa comprensión compartida, impulsar procesos de transformación.
Una metodología para un mundo que cambia constantemente
Vivimos en una época donde las tecnologías evolucionan con rapidez.
Las formas de aprender cambian.
Las necesidades de los estudiantes también.
En un escenario tan dinámico resulta difícil pensar que existan respuestas universales capaces de resolver todos los desafíos educativos.
Precisamente ahí reside la vigencia de la Investigación-Acción.
No ofrece recetas.
Ofrece un procedimiento para aprender de la experiencia.
No promete soluciones permanentes.
Propone construirlas colectivamente mediante la observación, la reflexión y la evidencia.
Y quizá esa sea una de las capacidades que más necesitaremos durante las próximas décadas.
Una reflexión para continuar esta serie
Cada vez estoy más convencido de que uno de los mayores desafíos de la educación contemporánea consiste en recuperar al docente como profesional reflexivo.
Durante demasiado tiempo hemos esperado que las respuestas lleguen desde fuera.
Desde las universidades.
Desde los ministerios.
Desde nuevos currículos.
Desde organismos internacionales.
Todo ello aporta un enorme valor.
Pero también debemos preguntarnos:
¿Qué conocimiento estamos generando desde nuestras propias aulas?
Cuando un docente observa críticamente su práctica, experimenta nuevas estrategias, analiza los resultados y comparte lo aprendido con otros colegas, no solo mejora su enseñanza.
También contribuye al desarrollo del conocimiento educativo.
Quizá el mayor cambio que produjo la Investigación-Acción no fue metodológico.
Fue profesional.
Porque cuando un docente comprende que puede investigar su propia práctica, deja de esperar todas las respuestas desde fuera.
Y comienza a producirlas desde dentro del aula.
En el próximo capítulo veremos cómo aquella idea propuesta por Kurt Lewin fue enriquecida por autores como Lawrence Stenhouse, John Elliott, Stephen Kemmis y Antonio Latorre, hasta convertirse en una de las corrientes más influyentes de la investigación educativa contemporánea.
Serie: Investigación-Acción para transformar la educación
☑️ Presentación de la serie: ¿Cómo aprenden los docentes?
☑️ Capítulo 1. La historia que nadie cuenta: ¿por qué nació la Investigación-Acción?
✅ Capítulo 2. ¿Qué es realmente la Investigación-Acción? Mucho más que una metodología de investigación.
⬜ Capítulo 3. La evolución de la Investigación-Acción: de Kurt Lewin a la escuela del siglo XXI.
⬜ Capítulo 4. El ciclo de la Investigación-Acción: observar, actuar, reflexionar y volver a empezar.
⬜ Capítulo 5. ¿Por qué la Investigación-Acción sigue siendo una metodología poco utilizada?
⬜ Capítulo 6. Cómo aplicar la Investigación-Acción en el aula paso a paso.
⬜ Capítulo 7. El docente investigador: recuperar al maestro como productor de conocimiento.
⬜ Capítulo 8. Cuando un docente investiga, la educación comienza a transformarse.
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