Celulares en las aulas: el problema no es el celular


A lo largo de mi trayectoria facilitando aprendizajes, recorriendo la geografía escolar dominicana y observando cómo se mueve la vida escolar, uno aprende a distinguir entre lo que realmente importa y lo que se presenta como “urgente” para llenar titulares y aparentar acción.

Hoy el Ministerio de Educación anuncia con bombos y platillos la necesidad de regular el uso de celulares en las escuelas. Se habla de protocolos, socializaciones ante el Consejo Nacional de Educación, posibles consultas amplias o incluso foros nacionales. Todo envuelto en el discurso de “mejorar la atención”, “combatir distracciones” y “proteger el aprendizaje”. Suena bien en la superficie. Pero, ¿de verdad es esto una urgencia que no puede esperar? ¿O es simplemente otra cortina de humo?

En un sistema educativo donde ya controlamos casi todo en la vida del estudiante, esta “nueva urgencia” resulta casi irónica. Les regulamos la ropa: uniforme obligatorio, colores específicos, tipo de pantalón o falda, calzado determinado y hasta el color de los zapatos. Les decimos cómo deben ir peinados o cortados el cabello. Les fijamos la hora exacta de entrada y salida. En muchos centros, hasta controlamos qué pueden desayunar o comer en el recreo. Todo eso se hace en nombre de la “disciplina” y el “orden”. Y sin embargo, ahora descubrimos —después de años de verlos en los bolsillos— que el celular es la gran amenaza que requiere una intervención nacional urgente.

Esto no es pedagogía seria. Es demagogia. Es mostrar que “hacemos algo” sin agarrar el toro por los cuernos. Porque el verdadero problema de fondo no es que los estudiantes tengan el celular en la mano. El problema es la falta de autoridad real en el aula: autoridad pedagógica, autoridad moral, autoridad que se gana con presencia plena, con preparación diaria, con respeto mutuo y con el ejemplo que da el propio docente.

Y aquí está el nudo que nadie quiere desatar en voz alta: lo que realmente preocupa a los funcionarios —y lo que motiva esta circular ampliada— es el uso del celular por parte de los maestros. Muchos docentes, en medio de la sobrecarga, la desmotivación y la rutina, caen en la tentación de revisar WhatsApp, responder mensajes o navegar durante la clase. Eso erosiona la autoridad del aula más que cualquier TikTok de un adolescente. Pero enfrentar ese “pequeñito” problema de frente implicaría supervisión más estricta, evaluación real de desempeño, diálogo directo con el gremio y, sobre todo, reconocer que la crisis de atención no es solo de los alumnos, sino también de algunos adultos responsables.

En vez de ir al grano, se prefiere ir por las ramas: extender la norma a todos, envolverla en un paquete de “bienestar educativo”, convocar consultas y anunciar “urgencia”. Así se genera ruido mediático, se aparenta decisión y se evita el conflicto mayor. Mientras tanto, el aprendizaje profundo sigue secuestrado por la misma falta de concentración que no se resuelve con una circular.

Como facilitador que ha visto pasar modas pedagógicas y “revoluciones” de todo tipo, mi reflexión es sencilla: la atención plena en el aula no se logra con más reglas cosméticas. Se logra con aulas menos saturadas, con docentes mejor formados y remunerados, con tiempo real para la paciencia pedagógica, con disciplina interna que nazca del respeto y no del control micrométrico. Regular el celular puede ser un paso sensato, pero solo si va acompañado de esas otras transformaciones. Si no, es solo otro show.

Y mientras tanto, el tiempo de los niños y jóvenes sigue pasando. Tiempo que no regresa. Tiempo que merecen dedicar a pensar, a equivocarse, a descubrir, a construir conocimiento con calma. No a ser controlados en cada detalle de su existencia escolar.

¿Qué piensas tú, lector? ¿Has sentido en tu centro educativo que esta “urgencia” resuelve algo de verdad, o es solo más ruido en un sistema que necesita cambios de fondo? Me interesa tu experiencia desde el aula, desde la casa o desde la dirección. Debatamos con honestidad.

Comentarios

  1. Gracias, Martina, por tomarte el tiempo de leer el artículo. En nuestras escuelas hay tantas urgencias reales que resulta llamativo centrar la atención en un tema que podría resolverse con una simple disposición administrativa.

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