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¿Otra revolución educativa? Por qué la República Dominicana no necesita más podios, sino más paciencia.



Por Felipe Ventura

Solo la educación salva a los pueblos”, dijo Eugenio María de Hostos. Esa máxima sigue siendo cierta, pero en República Dominicana hemos convertido la educación en un escenario de cambios perpetuos que, lejos de salvarnos, nos mantienen en un estado de confusión permanente.


Llamar “revolución educativa” a cada nuevo plan, pacto o reforma ya suena anacrónico y vacío. Desde los años 90 hemos vivido al menos cinco “revoluciones” anunciadas como históricas: el Pacto Educativo de 1990, la Ley 66-97 como gran transformación normativa, el 4% del PIB como revolución presupuestaria, el Modelo Educación para Vivir Mejor en 2021 y ahora el Horizonte 2034 con su propuesta de reforma curricular y legislativa integral (2026). Cada una llega con fanfarria, discursos grandilocuentes y la promesa de ser “la definitiva”. Y cada una se diluye antes de que podamos medir resultados reales.


El problema no es reformar. Los sistemas educativos necesitan ajustes constantes. El problema es reformar sin dar tiempo a que una política madure. En educación, los frutos se ven en horizontes de 8 a 12 años: una generación completa. Sustituir un plan decenal en menos de dos años envía un mensaje claro al sistema: nada es estable, nada es serio. Docentes, directores y familias terminan sin saber qué priorizar, mientras los anuncios siguen llegando desde los podios.


La Ley 66-97, a pesar de sus 29 años, sigue teniendo una enorme relevancia. Establece principios sólidos: el 4% del PIB, la carrera docente, el currículo por competencias, la autonomía universitaria. Lo que hemos fallado no es la ley en sí, sino su cumplimiento integral. Por nimiedades políticas, recelos interinstitucionales y falta de voluntad para reglamentarla completamente, preferimos anunciar “nuevas revoluciones” en lugar de hacer funcionar lo que ya tenemos.


Pensar la educación como una línea recta (pre-kínder → primaria → secundaria → universidad → empleo estable) también es una visión ya sin sentido. La experiencia empírica global y local lo demuestra: solo 30-35% de los bachilleres dominicanos terminan una carrera universitaria (datos MINERD/ONE 2024-2025). El mercado valora cada vez más competencias reales (digitales, idiomas, emprendimiento, oficios técnicos) que títulos formales. Países exitosos como Alemania, Suiza o Singapur apuestan por formación dual, técnica y aprendizaje permanente, no por una ruta única universitaria. Insistir en “pre-kínder a doctorado” como el camino ideal es anacrónico y elitista.


Finalmente, un cambio de esta magnitud no puede seguir liderado por los mismos actores que han estado en todos los pactos y reformas fallidas de las últimas tres décadas. Organizaciones como EDUCA, sindicatos tradicionales y exfuncionarios reciclados han participado en casi todos los procesos desde los 90. Cuando algo no funciona, suelen ser los primeros en criticar el sistema y los primeros en proponer la siguiente “gran transformación”. Es un ciclo vicioso: mismos diagnósticos, mismas recetas, mismos resultados mediocres.


Es como la historia de Moisés: llevó al pueblo muy lejos, pero no fue la persona indicada para entrar en la Tierra Prometida. A veces el liderazgo que trae hasta cierto punto no es el que puede cruzar el siguiente umbral. Hace falta renovación real: nuevos rostros, nuevas voces, evaluación independiente y honesta, y menos reciclaje de los mismos nombres en las mismas comisiones.


La educación dominicana no necesita otra revolución anunciada desde un podio. Necesita algo menos espectacular y mucho más exigente: continuidad, coherencia técnica, paciencia estratégica y rendición de cuentas real. Menos ruido, más resultados que se vean en el aula, en los aprendizajes y en la vida de las personas.


Porque, como dijo Hostos, solo la educación salva a los pueblos… pero solo cuando dejamos de revolucionarla cada dos años y empezamos a hacerla funcionar de verdad. En mi propuesta "Reset-RD", planteamos precisamente esto: no inventar la rueda, sino aceitar el motor que ya tenemos y separar la formación para el trabajo de la academia formal.


¿Qué opinan ustedes? ¿Es momento de una reforma más o de cumplir y consolidar lo que ya tenemos?


#EducaciónRD #ReformaEducativa #FuturoDominicano


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